La Revolución parecía haber terminado. Los largos
años de la dictadura porfiriana habían terminado
en mayo de 1911 con el triunfo de Madero y la instauración
de un gobierno democrático. El presidente no
tomó revancha contra los militares ni contra los partidarios
de don Porfirio, esperando su respeto al nuevo
orden constitucional. No lo hicieron, y abusaron de
una libertad de la que no habían gozado para desestabilizar
y derrocar al gobierno a través de la asonada y
la traición, conduciendo al país a una cruenta guerra
para restituir la legalidad. Muchos pueblos y ciudades
fueron destruidos y mucha gente murió bajo las banderas
de la justicia social que los ejércitos, del norte
y del sur, alzaron al calor de la batalla. Finalmente,
ese mes de agosto de 1914, se abrió la esperanza para
miles de hombres de regresar a casa, al cultivo y al
trabajo, en un nuevo orden más justo y prometedor.
El día 20 el “Primer Jefe”, Venustiano Carranza, encabezó el desfile en la capital para comenzar a formar el nuevo
gobierno, pero excluyendo a villistas y zapatistas, a pesar de
haber sido factores de la victoria.
Con el triunfo, el ejército constitucionalista ya no tenía razón
de ser y debía disolverse para comenzar el arduo proceso,
civil y civilizado, para llegar a acuerdos sobre las expectativas
que la Revolución había generado en el pueblo.
Pero Carranza no supo desprenderse de su pasado político,
de su origen porfiriano y de gran propietario, enemigo de la
reforma agraria; por ello, su objetivo no fue otro que el de restituir
la Constitución de 1857. La Revolución había terminado
para él y, supuestamente, los alzados debían regresar a casa.
Pero los dirigentes villistas y zapatistas lo veían de otro modo:
después de la vorágine de esperanzas que había despertado la
Revolución ya no podía regresarse al orden anterior, pretendían
resolver el conflicto social que el porfiriato había engendrado,
y la reciente destrucción del antiguo régimen político
era apenas el primer paso para construir otro país.
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