En la plaza de San Jacinto, los curas vestidos con
gran formalidad absolvieron a los sentenciados
y mientras leían las oraciones para el sacramento de
la extremaunción, los tambores redoblaron con cajas
destempladas. Entre gritos, los látigos chasquearon y
las mulas movieron las ocho carretas para tensar la
soga corrediza que dejó suspendidos los cuerpos de
los combatientes extranjeros.
Allí, en San Ángel, fueron ejecutados 16 soldados
del Batallón de San Patricio el 10 de septiembre de
1847 y al día siguiente otros cuatro en el camino a
Tacubaya. Y el día 13, otros 30 fueron conducidos a
una colina de Mixcoac. El coronel William Harney,
irónicamente irlandés y católico, y bien conocido por
su crueldad, había encontrado el mejor lugar para
emplazar el patíbulo: desde ese lugar podía verse el
Castillo de Chapultepec y el eco del intenso fuego de
cañones inundaba la colina. En ese lugar se erigió un
andamio con grandes vigas y con 30 lazos corredizos. Los convictos estaban parados
encima de carretas, como lo
había hecho el capitán Davis en San Ángel, pero a la hora del recuento de prisioneros les faltaba uno. Era Francis O’Connor, quien estaba moribundo en el hospital porque ambas piernas le habían sido amputadas. Harney respondió furioso. “¡Traigan a ese maldito hijo de p... ! Mi orden es colgar a treinta y por Dios que lo haré!” Y lo hizo. A la hora en que las fuerzas mexicanas sucumbieron al ataque norteamericano y se vio ondear la bandera de las barras y estrellas sobre el Castillo, Harney dio la orden de la ejecución.
El destino de los San Patricio se había sellado el 20 de agosto, cuando el general Anaya tuvo que rendir su posición en Churubusco en contra de su voluntad. La batalla se habría prolongado hasta el último hombre si el parque no se hubiera agotado. De los 204 hombres pertenecientes a las dos compañías del Batallón de extranjeros católicos, 35 yacían muertos portando el uniforme mexicano y 71 fueron capturados y acusados de deserción. El resto logró escapar para formar después
el núcleo del que se llamaría Batallón de la Posguerra.
Para su juicio, los norteamericanos dispusieron dos tribunales: uno en Tacubaya, donde el coronel Garland sentenció a muerte a 30, y otro en San Ángel, donde el presidente de la corte marcial fue el coronel Bennet Riley, quien sentenció a muerte a otros 20.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA |